El PRI y su victoria como algo cultural: César Mendoza

septiembre 18, 2012

La victoria del PRI

Una parte de la población mexicana busca explicaciones que permitan entender por qué el Partido Revolucionario Institucional (PRI) regresó a la Presidencia de México -apenas- 12 años después de su partida a inicios del 2000.
El PRI gobernó por más de 70 años a los mexicanos y desde distintas ópticas, se piensa que co-gobernó en los primeros doce años del Siglo XXI. Durante los años de gobierno del Partido Acción Nacional (PAN), el PRI dominó el poder legislativo, mientras el PAN y la izquierda partidista (PRD, PT y Movimiento Ciudadano, antes Convergencia) practicaron un juego de “suma cero” justificado por la dicotomía “derecha – izquierda”.
A nivel estatal, el PRI mantuvo durante este tiempo el control en la mayoría de las gubernaturas bajo un marco legal que no posibilitaba la rendición de cuentas y transparencia en el uso de los recursos públicos. En otras palabras, las leyes que fundamentan el régimen democrático no se localizan en las reglas del juego político mexicano, ni en su entramado jurídico, lo cual permitió el uso del discurso como un recurso para justificar sus acciones, vaivenes según la coyuntura que aflorara en los remolinos políticos de la instauración democrática. ¿Hemos superado esta etapa?
Las alternancias de partido político a nivel estatal durante estos años han demostrado la necesidad que la derecha e izquierda partidista tienen del PRI. En su afán por ganar las elecciones y convertirse en paladines de la democracia, jugaron a dividir al partido autoritario en sus grupos estatales. El oportunismo de los grupos priistas hizo el resto del trabajo para construir candidaturas “pro-democráticas” que llenaran los vacíos de liderazgo que la izquierda y derecha tuvieron -tienen- en lo local.
La alternancia de partidos políticos en México obtuvo sus patologías en el proceso de instauración que permitió la liberalización del sistema, que el PRI aceptara su derrota, y castigó el proceso de democratización, o sea, institucionalizar la democracia.
Los triunfos dudosos del PRI, la izquierda y la derecha se han respetado y justificado bajo la vieja idea de origen autoritario de respetar las instituciones. Por supuesto, el derrotado siempre es un mártir de la democracia que ha sido víctima del status quo. Después de la derrota, victoriosos y mártires fortalecen la liberalización y congelan la democratización, los avances de la democracia en leyes locales y nacionales son mínimos, las reformas estructurales se plantean bajo formatos neoliberales, populistas y nacionalistas, pero nunca en adjetivos que contribuyan con la democracia.
Al final de doce años de gobiernos panistas y congresos supuestamente divididos, los cuales gobernó el PRI y las derrotas que tuvo en lo local al perder gubernaturas en manos de exmilitantes, se convirtieron en el continuismo de la cultura autoritaria, o sea, del PRI.
No es que el PRI haya gobernado desde el poder legislativo o los gobiernos estatales, su dominio en estos poderes solo fue el muro de contención ante la presencia de fuerzas democráticas.
El partido autoritario ha gobernado desde la cultura política que arraiga en México. Una cultura dibujada por las características del parroquiano de Almond y Verba, pero en plena competencia con el ciudadano.
El PRI ha triunfado porque la mayoría de mexicanos ha decidido rumiar en su pasado, desvelar los “relámpagos de agosto” con los que describe Jorge Ibargüengoitia cualquier pleito postrevolucionario.
La cultura política de México mantiene una relación proporcional con el funcionamiento del sistema y régimen político. A pesar de los avances de la democracia, el autoritarismo domina y los espacios “a medias” ganado por la cultura democrática solo han servido para justificar las acciones demagógicas, delincuenciales y violentas de los gobernantes en estos 12 años de alternancia partidista.
Aunque se puede esgrimir que la explicación cultural no demuestra todo, la cultura política sí explica el desenvolvimiento del poder, como la adjudicación del mismo a un grupo político.
La compra del voto, la venta de los derechos políticos, el agandalle político, el rebase de topes de campaña, las amenazas y el victimismo político son el masticar por segunda vez lo vomitado. Buen provecho.


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