Fustel y la ciudad antigua: César Mendoza


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OAXACA, México.- Nunca he leído un libro de los llamados “clásicos” que sea aburrido, son más bien libros lentos, sea por la forma en la que están escritos, porque nuestro español ha avanzado tanto desde sus primeras traducciones o porque las traducciones no eran buenas. También, es muy probable -al menos es mi caso-, que un libro de este tipo, escrito hace mucho tiempo, sea una fuente “primaria” con la cual nos hemos acercado a un tema que nos interesa.

A los clásicos siempre regresamos y aprendemos otra vez de ellos o se nos clarifican ideas, también se termina el libro que se ha quedado incompleto. Un clásico, desde mi perspectiva, no es un libro viejo, sino un libro con extrema vigencia que nos puede ayudar a comprender problemas actuales.

A “La ciudad antigua. Estudio sobre el culto, el derecho y las instituciones de Grecia y Roma” he regresado porque Fustel de Coulanges recuerda y demuestra que los cambios en las sociedades cuestan un tiempo largo, pero que hay lapsos determinantes que marcan el rumbo de las cosas. Nada es estático y para siempre, ni siquiera la religión como algo específico.

La religión siempre ha estado presente en la historia de la humanidad. Estaba antes que Grecia y Roma fueran los grandes referentes de civilizaciones europeas y occidentales. Antes que los mismos islámicos se encontraran con su Dios. Ha sufrido una evolución como todas las cosas, a pesar de que esté dominada por conservadores.

Fustel de Coulanges demuestra que las religiones que han existido en el mundo poco a poco cambian para no perder más terreno del que deben ceder ante cada “revolución” política y social que se manifiesta.

“La ciudad antigua” comienza señalando que las familias tenían su Dios, casa por casa, y que este se heredaba por medio del primogénito varón. Después, habla como esta pequeña tradición de los “dioses domésticos” dio paso a tener “divinidades” por cada pueblo o ciudad.

En un primer momento los dioses “domésticos” siguieron existiendo, pero ahora un Dios hermanaba o conectaba a diversas familias sin tener, forzosamente, un lazo consanguíneo.

La religión se convirtió en la base del derecho y regía las ciudades existentes. El poder político y el religioso estaban unidos por el culto, el cual mostraba lo que se tenía que hacer y guiaba el futuro inmediato de la población. La guerra comenzaba cuando el Dios lo consideraba correcto.

Como en toda comunidad o sociedad, siempre existió una clase gobernante, pero esta estaba por debajo de aquella que se dedicaba a interpretar los mandatos de los dioses.

Si la religión provoca la estabilidad social por medio de las reglas, se hacía respetar por medio de la espada que controlaba el gobernante y que los sacerdotes, cuando no eran líderes políticos a la vez, controlaban, todo estaba dado por siempre y el individuo, ni la clase, podían cambiar su destino. ¿cómo cambió esto?

La religión en lo particular no desapareció, simplemente evolucionó como institución y tuvo que comenzar a competir con el surgimiento de la “libertad individual”.

En un primer momento, las revoluciones de la antigüedad previas a la aparición del “cristianismo” muestran, según la investigación de Fustel de Coulanges una lucha entre diversas clases, que podemos llamar sociales, marcadas por los intereses económicos y materiales: ricos y pobres.

La llegada de la clase no gobernante al poder, marcaba una nueva forma de hacer las cosas y comúnmente el desquite hacia aquellos que habían gobernado. Como toda época de inestabilidad, los excesos de los gobernantes provocaban otra rebelión y así poco a poco las sociedades comenzaban a buscar un equilibrio. Se inventaron dioses que justificaran todos los actos públicos que sucedían, desde las guerras hasta la elección de determinados líderes.

La idea de los “dioses” permitía legitimar a una clase “suprema” ante otra y controlar el poder político. Cuando los excesos sucedían o determinada clase “inferior” estaba interesada en el poder político, en primera instancia no podía acceder al poder porque la religión de la ciudad no lo permitía. Venía entonces la reforma, la aparición de una nueva religión.

Roma entendió que para obtener más poder no se necesitaba negar dioses, sino sumar dioses en cada pueblo conquistado, así nació “el imperio”. La obtención de más dioses no atentaba contra la idiosincrasia de cada ciudad conquistada. Tampoco había una limitante entre la unión de los individuos que pertenecían a distintas clases, pero sí la aparición de nuevas clases inferiores que no tenían acceso a a la participación política, ni la clara comprensión de qué era la religión y sí la entendían como rituales, que no tenían sentido para muchos, pero que se debían realizar para que a la ciudad, el imperio, le fueran bien. La religión se ha convertido en una costumbre que une a los pueblos.

Una revolución tras otra, señala Fustel de Coulanges, ha provocado el reconocimiento de nuevos integrantes de la sociedad, pero también ha provocado la aparición de nuevas leyes y derechos.

Aunque Fustel de Coulanges está interesado en las instituciones políticas y su relación con la religión, durante todo su libro está presente de manera paralela la aparición de la “filosofía” como una fuente principal que inspira las formas de gobierno y que viene a ser reforzada por el surgimiento del cristianismo, este último como consecuencia de las revoluciones que han surgido a lo largo de los años.

Si la religión se ha vuelto monoteista se debe a que los hombres han buscado ser iguales en lo público y diversos en lo privado. El cristianismo es la primera religión que se localiza en el espacio privado, que se siente y teme, la cual provoca emociones en la persona y los ritos son entendidos, hechos por el hombre para si mismo.

La humanidad no es estática, es dinámica y evoluciona de manera constante, los tiempos no se repiten, ni siquiera para la religión, aunque siempre hay cosas que sobreviven porque así lo decide el hombre. Hoy tenemos una religión y política dividida, cada una tiene su espacio en el hombre, pero como en toda la historia de la humanidad, siempre han estado en tensión.

Fustel de Coulanges no lo apunta de manera textual, pero son las sociedades humanas las que construyen sus valores, las que modifican a la religión, no esta a la sociedad.

De Coulanges, Fustel (2000). La ciudad antigua. Estudio sobre el culto, el derecho y las instituciones de Grecia y Roma. Colección Sepan Cuantos… Núm. 181. México: Editorial Porrúa.

Nota: Esta reseña se publicó en http://www.adnsureste.info

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